"...el cuento literario condensa la obsesión de la alimaña, hace perder al lector contacto con la desvaída realidad que le rodea, arrasarlo a una sumersión más intensa y avasalladora. De un cuento así se sale como de un acto de amor, agotado y fuera del mundo circundante, al que se vuelve poco a poco con una mirada de sorpresa, de lento reconocimiento, muchas veces de alivio y tantas otras de resignación"
Julio Cortázar: "Del cuento breve y sus alrededores"

lunes, 5 de diciembre de 2016

CANON LITERARIO

Esta selección de 42 cuentos obedece a una inspiración del administrador de este blog y a las estrambóticas reglas que a un Lémur, aunque sea Mr, se le pueden ocurrir. A saber, sólo forman parte del canon los considerados como cuentos literarios y únicamente un cuento por autor.
Si no estás de acuerdo, comenta que nuevo cuento introducirías en esta subjetiva selección, bien de un autor ya citado o de uno nuevo. 

"Paolo y Francesca", de Anselm Feuerbach

Aquí están 42 cuentos literarios fundamentales de la historia de la literatura:
  1. "El Aleph", de Jorge Luis BORGES. Porque descubrimos en una mota de polvo el todo, el aleph.
  2. "El fuego de la hoguera", de Jack LONDON. Porque sentimos el frío de la muerte.
  3. "El siguiente en la fila", de Ray BRADBURY. Por la calurosa y angustiosa atmósfera donde se desarrolla el cuento y la frialdad enfermiza del protagonista.
  4. "Un día perfecto para el pez plátano"de J.D. SALINGER. Por la vacuidad de la realidad de Seymour  capaz de desencadenar un final aparentemente sorprendente pero previsto por el genio desde la primera palabra.
  5. "Casa tomada", de Julio CORTÁZAR.  Por la inquietud que transmite días, semanas o meses después de leerlo. Nunca se olvida.
  6. "El corazón delator", de Edgar Allan POE. Por la insignificante y poderosa excusa de la telilla del ojo para el asesinato
  7. "Los crisantemos"de John STEINBECK. Por el leve gesto del viajante capaz de perforar el alma de la mujer.
  8. "Enoch Soames", de Max BEERBOHM. Por su ritmo, su juego literario, su ironía y por el soez diablo.
  9. "Bartleby el escribiente"de Herman MELVILLE. Por una de las frases más inquietantes del cuento literario "Preferiría no hacerlo". 
  10. "Lady Turton",  de Roald DAHL. Por el instante, antes del desenlace, en que presientes, al igual que el protagonista, el final más terrible.
  11. "Orgullo", de Alice MUNRO. Porque nuestra mirada va cambiando, se vuelve más cálida, al relatar una enternecedora historia de dos perdedores.
  12. "La gallina degollada"de Horacio QUIROGA. Porque aunque intuyes la tragedia final no quieres que suceda, mas sabes que es inevitable. 
  13. "La esperanza"de Villiers de L´ISLE ADAM. Por crear al personaje más cruel de la literatura.
  14. "Los pocillos"de  Mario BENEDETTI. Porque lo que parece oculto a todas luces, es una realidad a vista de todos.
  15. "A y P"de John UPDIKE. Por retratar la naturaleza humana, especialmente la masculina, con toda  crudeza y sórdida realidad; y con humor.
  16. "La despedida"de Ignacio ALDECOA. Por el instante reflejado. Por la brevedad de una primera y anciana, no sabemos si definitiva, despedida, en la que todo lo demás no importa. Todo lo demás es baladí.
  17. "La ventana abierta"de SAKI (Hector Hugo Munro). Por la manera de manejar el ritmo literario; auténtica pieza de orfebrería.
  18. "Brasas de agosto"de Luis Mateo DÍEZ. Porque este maestro narrador nos traslada al instante final de un amor imposible de manera extraordinaria y preciosamente sutil.
  19. "El nadador"de John CHEEVER. Porque el paso del tiempo, nadando en piscinas, sólo puede ser a peor.
  20.  "Matar a un niño", de Stig DAGERMAN. Por la concatenación de hechos inocentes que convergen en una tragedia humana inefable. 
  21. "El lobo", de Herman HESSE. Por describir la naturaleza humana salvaje y la naturaleza salvaje humana tan bellamente.
  22. "La mujer", de Juan BOSCHPor la poesía con la que describe la ruindad humana.
  23. "La inundación", de Rudyard KIPLING. Por los sonidos y olores que percibimos al leerlo, que  nos trasladan a una indómita naturaleza. 
  24. "El falso autoestop", de Milan KUNDERA. Porque al jugar nos podemos quemar, y el amor es fácilmente inflamable.
  25. "La cigarra"de Anton CHEJOV. Por la profunda tristeza que te invade cada palabra, cada expresión de Olga, aunque ella no quiera, cada realidad descrita.
  26. "Quien quiera que hubiera dormido en esta cama"de Raymond CARVER. Por las inquietantes llamadas que desestabilizan toda nuestra ficticia realidad.
  27. "Punto muerto"de Barry PEROWNE. Porque cree descubrir el clásico enigma del asesino de la habitación cerrada.
  28. "El ahogado más hermoso del mundo"de Gabriel GARCÍA MÁRQUEZ. Por la irreal normalidad con la que viven un hecho excepcional. Fantástico. 
  29. "Una tragedia estival"de Arna BONTEMPSPorque es uno de los mejores cuentos sobre la tristeza,  por lo tanto, sobre la vida.
  30. "El tren", de Flannery O´CONNOR. Por retratar con maestría un instante de vértigo vital que marcará a su protagonista toda su vida.
  31. "Natación", de Virgilio PIÑEIRA. Por retorcer la percepción de la realidad hasta lo imaginable ne apenas unas líneas.
  32. "El niño lobo del cine Mari", de J.M. MERINO. Por la maravillosa y tierna reinterpretación del mito del niño lobo.
  33. "La vida secreta de Walter Mitty", de James THURBER. Por su capacidad de hacernos soñar.
  34. "El otro hombre", de Miguel DELIBES. Porque una casualidad nos desenmascara frente al otro.
  35. "Bernardino", de Ana María MATUTE. Por reflejar con maestría y naturalidad el momento de la primara decisión.
  36. "La oveja negra", de Augusto MONTERROSO. Por la irónica y humorística brevedad con la que refleja la crueldad humana.
  37. "Muerte en el estío", de Yukio MISHIMA.  Por el sutil final cargado de belleza y profunda tristeza que, en cambio, calma a ritmo de las olas suavemente la angustia.
  38. "La estrella sobre el bosque" de Stefan ZWEIG. Porque un olor, un gesto puede marcar una vida hasta su fin.
  39. "Donde el fuego nunca se apaga" de Mary SINCLAIR. Porque el averno es más cruel de lo que nos pudiéramos imaginar.
  40. "Descenso a los infiernos de la imaginación", de Marcos DENEVI. Por el juego de ficción y realidad, autor y actor. 
  41. "Redacción", de Quim MONZÓ. Porque la voz narrativa es la de un niño.
  42. "La conversión de los judíos", de Phillip ROTH. Por el humor que provoca una exagerada pero real situación religiosa-juvenil.

viernes, 28 de octubre de 2016

El desierto de Buzzati

Las novelas que dejan eco, en mi experiencia, no son las que describen muchos hechos acontecidos, ni en las que suceden innumerables giros maravillosos, ni siquiera las que describen pasiones tormentosas o infamias crueles; éstas sólo nos entretienen.  Las historias que permanecen son las que conectan directamente con nuestro ser; las que reverberan con el paso de los años en nuestra persona son las narraciones que nos cuestionan sobre nuestra propia existencia. Un clásico conecta directamente con nuestros miedos, deseos, turbaciones, sueños. El desierto que creo Buzzati en 1940 es una de estas novelas.

"El desierto de los tártaros" de Dino Buzzati narra la llegada a la fortaleza Bastiani del teniente Giovanni Drogo y los años que transcurre en ella mientras espera, junto al resto de soldados, la llegada de los invasores tártaros.

                                              
El mérito de esta obra, considerada para muchos como una obra maestra, incluyendo al gran Borges (sólo por ello hay que leerla), es que cuenta a través de una gran metáfora el sentido o no de la vida.
Aparentemente no sucede nada reseñable. Los personajes parecen contentarse con poco, aunque siempre tienen el anhelo de trascendencia. Pasan los años y la búsqueda de notoriedad, de aventuras, de pasiones se van debilitando en Giovanni Drogo; las decepciones con los otros y con uno mismo se suceden como parte habitual de una existencia, los fracasos no perturban fuertemente a nuestro protagonista tan sólo van pincelando la vida.
 Sin darte cuenta (que mérito tiene Buzzati), los años trascurren para nuestro protagonista al igual que las hojas de la historia para llegar al final, como en la vida. La historia nos hace percibir el "Tempus fugit" como una camino inevitable de decepciones.

No esperen divertirse, ni conocer lugares exóticos, ni ser protagonistas de una gran historia de amor leyendo esta novela, prepárense para comprender o no algo de la vida humana. Tan sólo y tan profundo; tan sencillo y maravilloso.

viernes, 17 de junio de 2016

"Mi tío Oswald" o una mancha en el expediente.

Toda gran creador ha cultivado errores, ensayos, obras de formación o, llanamente, ha cometido meteduras de pata en su producción artística.
Cuantas veces hemos oído contar (ésto es muy estadounidense) a un intelectual, artista o deportista reconocido que una vez fue detenido por la policía o no pidió factura para evitar pagar impuestos; hasta los más insignes de esta sociedad tienen una pequeña mancha.

Roald Dahl también cometió un grave error, y lo digo con todo el respeto al autor galés.
Reconocido escritor de cuentos para adultos (destacar "Lady Turton", recogido en nuestro canon), novelas para niños y relatos autobiográficos de un excelente nivel.

Relatos que te atrapan desde el primer instante, con giros sorprendentes, guiños de humor constante y  con un uso de la ironía excepcional, atmósferas creadas en unas pequeñas líneas y finales redondos que te congratulan con la escritura.


Pues "Mi tío Oswald", única novela de Dahl, está tan alejado del resto de su obra en cuanto a su calidad como la galaxia  A1689-zD1 de la tierra. Supongo que esta novela escrita en 1979 tendría ínfulas de trasngresora respecto al tema sexual, pero leída cuarenta años después te parece insustancial e incluso soez.

Es cierto que destila humor en muchas de sus páginas, pero ningún pasaje logra entusiasmarte; en ocasiones, por el exceso en la chanza y lo repetitivo del tema y, en otras, porque el final del episodio no logra ser tan redondo y sorprendente como el autor galés nos ha tenido siempre acostumbrado.
Una novela a la que le falta ritmo y le sobra bromas sexuales. Una novela que bien podría haber sido un relato breve, condensando humor y ganando en ritmo, y no una novela excesiva, extenuante y exagerada.  Roald fue uno de los grandes escribiendo cuentos, pero su novela nos defraudó.

jueves, 28 de abril de 2016

"Barrabás" de Par Lagerkvist



El escritor sueco, premio Nobel en 1951, escribió una pequeña novela ficcional sobre Barrabás que transcurre en los años posteriores a la muerte de Jesucristo.

Par Lagerkvist imaginó cómo debió ser la vida del bandido una vez que el pueblo judío, desbocado y soliviantado por sus sumos sacerdotes, decidió dar muerte injustamente a un inocente en vez de al propio Barrabás.





" Barrabás era un mocetón de unos treinta años, robusto, de pálida tez, barba rojiza y cabellos negros. Las cejas parecían también negras, los ojos se hundían en las órbitas, como si la mirada hubiera querido esconderse. Bajo uno de ellos descollaba una profunda cicatriz, que desaparecía en la barba..."




El bandido observa oculto entre unos arbustos la llegada de la muerte del que ha oído hablar y nada conoce. Observa la llegada de las nubes a toda la zona,  algún lamento de los que acompañan al que llaman Hijo de Dios y cómo el cielo se resquebraja cuando exhala el último aliento. A partir de ese instante su vida se transforma intentando averiguar quíén es Él.


Vaga por la ciudad, pregunta a aquellos que dicen llamarse cristianos, se esconde de las autoridades, reflexiona sobre su soledad y percibe su miseria. Su viaje no es fácil, llega  a conocerse y reconocerse mísero, percibe que su vida siempre ha sido un error incluso desde su nacimiento.

(...) Aquella infeliz tras ser ultrajada numerosas veces por todos los miembros de la cuadrilla de bandidos, que capitaneaba Eliaho, fue vendida a una casa pública de la ciudad. Allí, cuando se dieron cuenta de su estado, la echaron a la calle, donde, poco después, apareció su cadáver. Nadie sabía de quien era la criatura y la misma madre no lo hubiera podido decir; pero la había maldecido en sus entrañas. "


Conocerá a cristianos, incluso a alguno de los Doce, pero su lucha sera constante para dilucidar si realmente cree o no.


Escrita con mucho ritmo, esta  novela es una joya sobre la propia naturaleza humana.  Barrabás es víctima y verdugo, como la mayoría. Y en un agónico viaje cargado de miserias llegará hasta Roma, la gran urbe, el reino de este mundo, el lugar en el que constata su propia soledad e, incluso, su locura.


jueves, 3 de marzo de 2016

Miguel de Unamuno contra la barbarie y la sin razón.

"Acabo de oír el grito necrófilo e insensato de ’¡viva la muerte!’. Esto me suena lo mismo que, ¡muera la vida!’. Y yo, que he pasado toda la vida creando paradojas que provocaron el enojo de quienes no las comprendieron, he de deciros, con autoridad en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador, entiendo que fue dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. ¡Y otra cosa! El general Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente, hay hoy en día demasiados inválidos. Y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Míllán Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como dije, que carezca de esa superioridad de espíritu suele sentirse aliviado viendo cómo aumenta el número de mutilados alrededor de él. (... ) El general Millán Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía una España mutilada…"






"Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. (... ) Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza, pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil que penséis en España. He dicho. Se ha hablado también de catalanes y vascos, llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis...". 



En ese instante Unamuno tuvo que salir escoltado entre la mujer de Franco y el catedrático de derecho canónico de la universidad de Salamanca.


viernes, 29 de enero de 2016

Relato evocador.

"Una pareja se abraza en un autobús. Son muy hermosos y ella tiene uno de esos rostros blancos y misteriosos de las madonnas italianas. Se les ve hondamente enamorados, absortos el uno en el otro. 
De pronto, ella se retira hacia atrás y acaricia, por encima del pantalón, el sexo del compañero. 
Es un gesto desprovisto de obscenidad, que ejecuta con inequívoca dulzura. De hecho no se descompone la escena. 
Ambos continúan abrazados, pendientes sólo de su amor, y la expresión de la chica al ejecutar la atrevida caricia no es diferente a la que ilumina su rostro cuando poco después se pone de puntillas para rozar castamente con los labios la mejilla de su compañero".

Gustavo Martín Garzo

viernes, 20 de noviembre de 2015

Raymond Carver, el asesino silencioso

Lo primero es reconocer que estaba deseando utilizar el manido, pero no por ello carente de efecto,  titular, el asesino silencioso, tan de moda en los anuncios de medicamentos contra el colesterol y otras dolencias cardíacas. Lo segundo es que Raymond Carver, evidentemente, nada tiene que ver con las enfermedades coronarias.
Entonces, por qué el titular, por qué relacionar al cuentista norteamericano con este cinematográfico apodo.
Pues sinceramente no lo sé. Tal vez habría que retrotraerse a algún trauma infantil que sufrí para esclarecer esta extraña conexión de ideas, pero no es momento ni lugar.
Lo que sí sé es que cuando leo a Carver, cuando me introdujo en sus historias, nunca sé a dónde me quiere llevar. Sus historias están ancladas en una realidad concreta, común, a veces subyace un conflicto, que se desplaza bajo tierra, en otras el conflicto surge y estalla; mas  siempre nos lleva por caminos diversos, vidas distintas, para mostrarnos una realidad humana profunda, oscura, que nos hace tambalear, pero que nos resulta dramáticamente familiar.
Raymond Carver maneja cual relojero el lenguaje, los momentos, los enfoque, de manera precisa, sin alardes, pero consciente de que nos va descubriendo poco a poco, a veces insinuando sin mostrarlo, una miseria humana en un comportamiento mezquino, un sentimiento decepcionante pero habitual, un fracaso sentimental evidente o una pareja que se quiere pero que, en cambio, sufre por la propia vida; historias cargadas de alcohol o conversaciones sin coraza, situaciones todas ellas dolorosas pero comunes. Experiencias que no queremos reconocer pero que Carver sabe exponer para, sin poder evitarlo, reconocerlas o reconocernos. Al autor le gusta llevarnos de la mano como a niños asustados a través de historias aparentemente neutras; en cambio, vamos profundizando en vidas con secretos, como en un bosque oscuro y mágico, y detrás de un árbol escondido surge el drama, el conflicto para hacernos estremecer de manera silenciosa, como un asesino.


"Principiantes", son 17 relatos sin artificios, ni siquiera con la poda que hizo el editor en la primera edición del libro y que se llamó "De qué hablamos cuando hablamos del amor". Anagrama publicó los textos originales de Carver deshaciendo la agresiva revisión de Gordon Lish, su editor, y que dejó a la mitad los cuentos del escritor norteamericano. Al leerlos al completo, no entiendes que pudo quitar, obviar, porque son perfectos. Si tuviéramos que elegir a tres cuentistas universales del siglo XX, Carver sería uno de ellos, y "Principiantes" una de sus obras fundamentales.
Asuman riesgos y lean a Raymond Carver; conozcan su literatura y descubran su propia realidad que, a pesar de toda la amargura, es honestamente hermosa.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Señas de identidad

Es evidente que describir cualquier arte, sustancia, persona o animal con una palabra es imposible; es más, es seguro que caigamos, cuando lo hagamos, en lo inexacto y en el tópico. Pero, un vez excusado y a pesar de ello, lo voy a hacer.

Si tuviéramos que resumir en una palabra, con precipitación, sin reflexionar, la literatura británica es probable que la describiésemos como "humorística" o para ser más exacto como "irónica".  Swift, Chesterton, "Saki" o Tom Sharpe son un ejemplo de ella, además de ser grandes escritores. Si fuera la francesa, tal vez abogaríamos por un término más intimista, "melancólica", "triste"  incluso  si fuera más moderno y fuera por la ciudad en una bici ortopédica, diría "naif". Françoise Sagan, Jean Echenoz o Patrick Modiano son autores en los que la tristeza empapa sus historias.

¿Y la literatura española? ¿Con qué palabra, que característica puede abarcar a grandes historias de autores tan distintos como Cervantes, Baroja Cela, Delibes, Aldecoa, Goytisolo o Mateo Díez?
Sin duda el amargo humor con el que describen la realidad,  no con un humor irónico, sino desgarrador. Personajes expuestos a un extenuante realidad que viven, en ocasiones sobreviven, gracias a pequeños momentos de humor que emanan de la propia amargura grisácea de sus historias y que ayudan a oxigenar tanto su realidad como el relato. ¿Acaso el Quijote pudiera haber vivido con algo de dignidad si no hubiera sido por su locura y el humor que se desprendía de su falta de realidad? No vayan a pensar que abundan estos momentos o que vamos a desternillarnos con ellos, es algo sutil y que pasa desapercibido muchas veces, como esas luces de emergencia discretas que solo vemos cuando todo está inmerso en la oscuridad.

Los lectores y  escritores de nuestra literatura nos sentimos cómodos en estos mundos familiares de gitanos analfabetos perseguidos por guardias civiles o pícaros en busca de algo de comida en nuestra España de posguerra, anónimos personajes de los pueblos sin nombre de Castilla, rencillas entre familias que se alargan hasta olvidar sus razones o dramas ocultos en el jolgorio de las fiestas populares. Realidades tan comunes en nuestra cultura que aunque intentemos disimularlos con capas de modernidad, no son capaces de ocultar la falta en nuestra sociedad de justicia, educación o tristeza que marcan a la mayoría de nuestros queridos protagonistas y a sus lectores. Compartimos penurias porque alguna vez nos han tocado, sufrimos con sus injusticias porque las hemos vivido de cerca y nos sonreímos, sin querer, porque, aunque seamos cutres, chafarderos y envidiosos, nos sentimos cómodos en esta sociedad que siempre ha sido así. Por lo menos, la literatura, la mejor cronista, así lo ha reflejado.

miércoles, 26 de agosto de 2015

"Bernardino", de Ana María MATUTE.

Es un relato breve, intenso y medido, situado en la España de los prejuicios y envidias, en la España de antes y de ahora. El infantil narrador, testigo que observa sin querer o poder evitar una infamia, nos relata un ultraje y lo hace a través de descripciones exactas, diálogos potentes y su propia visión cargada de contradicciones, con la eterna lucha entre alzar la voz contra la injusticia o mirar hacia un lado por miedo.
Ana María Matute narra un episodio en una España de los 50, con sus cicatrices sin cerrar, sus odios viscerales, cuyos protagonista son niños que, si bien es cierto que no han vivido la guerra, el enfrentamiento lo siguen percibiendo en sus hogares, reproduciéndolo y agigantándolo, deformando las ideas de sus padres hasta la sin razón. La escritora catalana que tanto le gustó de narrar desde la adolescencia capta el momento vital de la decisión, de la trascendencia de las actitudes haciendo de "Bernardino" todo un clásico literario que se merece estar en nuestro canon literario, sin duda.







"Bernardino"


Siempre oímos decir en casa, al abuelo y a todas las personas mayores, que Bernardino era un niño mimado.
Bernardino vivía con sus hermanas mayores, Engracia, Felicidad y Herminia, en “Los Lúpulos”, una casa grande, rodeada de tierras de labranza y de un hermoso jardín, con árboles viejos agrupados formando un diminuto bosque, en la parte lindante con el río. La finca se hallaba en las afueras del pueblo y, como nuestra casa, cerca de los grandes bosques comunales.
Alguna vez, el abuelo nos llevaba a “Los Lúpulos”, en la pequeña tartana, y, aunque el camino era bonito por la carretera antigua, entre castaños y álamos, bordeando el río, las tardes en aquella casa no nos atraían. Las hermanas de Bernardino eran unas mujeres altas, fuertes y muy morenas. Vestían a la moda antigua -habíamos visto mujeres vestidas como ellas en el álbum de fotografías del abuelo- y se peinaban con moños levantados, como roscas de azúcar, en lo alto de la cabeza. Nos parecía extraño que un niño de nuestra edad tuviera hermanas que parecían tías, por lo menos. El abuelo nos dijo:
-Es que la madre de Bernardino no es la misma madre de sus hermanas. Él nació del segundo matrimonio de su padre, muchos años después.
Esto nos armó aún más confusión. Bernardino, para nosotros, seguía siendo un ser extraño, distinto. Las tardes que nos llevaban a “Los Lúpulos” nos vestían incómodamente, casi como en la ciudad, y debíamos jugar a juegos necios y pesados, que no nos divertían en absoluto. Se nos prohibía bajar al río, descalzarnos y subir a los árboles. Todo esto parecía tener una sola explicación para nosotros:
-Bernardino es un niño mimado -nos decíamos. Y no comentábamos nada más.
Bernardino era muy delgado, con la cabeza redonda y rubia. Iba peinado con un flequillo ralo, sobre sus ojos de color pardo, fijos y huecos, como si fueran de cristal. A pesar de vivir en el campo, estaba pálido, y también vestía de un modo un tanto insólito. Era muy callado, y casi siempre tenía un aire entre asombrado y receloso, que resultaba molesto. Acabábamos jugando por nuestra cuenta y prescindiendo de él, a pesar de comprender que eso era bastante incorrecto. Si alguna vez nos lo reprochó el abuelo, mi hermano mayor decía:
-Ese chico mimado... No se puede contar con él.
Verdaderamente no creo que entonces supiéramos bien lo que quería decir estar mimado. En todo caso, no nos atraía, pensando en la vida que llevaba Bernardino. Jamás salía de “Los Lúpulos” como no fuera acompañado de sus hermanas. Acudía a la misa o paseaba con ellas por el campo, siempre muy seriecito y apacible.
Los chicos del pueblo y los de las minas lo tenían atravesado. Un día, Mariano Alborada, el hijo de un capataz, que pescaba con nosotros en el río a las horas de la siesta, nos dijo:
-A ese Bernardino le vamos a armar una.
-¿Qué cosa? -dijo mi hermano, que era el que mejor entendía el lenguaje de los chicos del pueblo.
-Ya veremos -dijo Mariano, sonriendo despacito-. Algo bueno se nos presentará un día, digo yo. Se la vamos a armar. Están ya en eso Lucas, Amador, Gracianín y el Buque... ¿Queréis vosotros?
Mi hermano se puso colorado hasta las orejas.
-No sé -dijo-. ¿Qué va a ser?
-Lo que se presente -contestó Mariano, mientras sacudía el agua de sus alpargatas, golpeándolas contra la roca-. Se presentará, ya veréis.
Sí: se presentó. Claro que a nosotros nos cogió desprevenidos, y la verdad es que fuimos bastante cobardes cuando llegó la ocasión. Nosotros no odiábamos a Bernardino, pero no queríamos perder la amistad con los de la aldea, entre otras cosas porque hubieran hecho llegar a oídos del abuelo andanzas que no deseábamos que conociera. Por otra parte, las escapadas con los de la aldea eran una de las cosas más atractivas de la vida en las montañas.
Bernardino tenía un perro que se llamaba “Chu”. El perro debía de querer mucho a Bernardino, porque siempre le seguía saltando y moviendo su rabito blanco. El nombre de “Chu” venía probablemente de Chucho, pues el abuelo decía que era un perro sin raza y que maldita la gracia que tenía. Sin embargo, nosotros le encontrábamos mil, por lo inteligente y simpático que era. Seguía nuestros juegos con mucho tacto y se hacía querer en seguida.
-Ese Bernardino es un pez -decía mi hermano-. No le da a “Chu” ni una palmada en la cabeza. ¡No sé cómo “Chu” le quiere tanto! Ojalá que “Chu” fuera mío...
A “Chu” le adorábamos todos, y confieso que alguna vez, con mala intención, al salir de “Los Lúpulos” intentábamos atraerlo con pedazos de pastel o terrones de azúcar, por ver si se venía con nosotros. Pero no: en el último momento “Chu” nos dejaba con un palmo de narices y se volvía saltando hacia su inexpresivo amigo, que le esperaba quieto, mirándonos con sus redondos ojos de vidrio amarillo.
-Ese pavo... -decía mi hermano pequeño-. Vaya un pavo ese...
Y, la verdad, a qué negarlo, nos roía la envidia.
Una tarde en que mi abuelo nos llevó a “Los Lúpulos” encontramos a Bernardino raramente inquieto.
-No encuentro a “Chu” -nos dijo-. Se ha perdido, o alguien me lo ha quitado. En toda la mañana y en toda la tarde que no lo encuentro...
-¿Lo saben tus hermanas? -le preguntamos.
-No -dijo Bernardino-. No quiero que se enteren...
Al decir esto último se puso algo colorado. Mi hermano pareció sentirlo mucho más que él.
-Vamos a buscarlo -le dijo-. Vente con nosotros, y ya verás como lo encontraremos.
-¿A dónde? -dijo Bernardino-. Ya he recorrido toda la finca...
-Pues afuera -contestó mi hermano-. Vente por el otro lado del muro y bajaremos al río... Luego, podemos ir hacia el bosque. En fin, buscarlo. ¡En alguna parte estará!
Bernardino dudó un momento. Le estaba terminantemente prohibido atravesar el muro que cercaba “Los Lúpulos”, y nunca lo hacía. Sin embargo, movió afirmativamente la cabeza.
Nos escapamos por el lado de la chopera, donde el muro era más bajo. A Bernardino le costó saltarlo, y tuvimos que ayudarle, lo que me pareció que le humillaba un poco, porque era muy orgulloso.
Recorrimos el borde del terraplén y luego bajamos al río. Todo el rato íbamos llamando a “Chu”, y Bernardino nos seguía, silbando de cuando en cuando. Pero no lo encontramos.
Íbamos ya a regresar, desolados y silenciosos, cuando nos llamó una voz, desde el caminillo del bosque:
-¡Eh, tropa!...
Levantamos la cabeza y vimos a Mariano Alborada. Detrás de él estaban Buque y Gracianín. Todos llevaban juncos en la mano y sonreían de aquel modo suyo, tan especial. Ellos sólo sonreían cuando pensaban algo malo.
Mi hermano dijo:
-¿Habéis visto a “Chu”?
Mariano asintió con la cabeza:
-Sí, lo hemos visto. ¿Queréis venir?
-Bernardino avanzó, esta vez delante de nosotros. Era extraño: de pronto parecía haber perdido su timidez.
-¿Dónde está “Chu”? -dijo. Su voz sonó clara y firme.
Mariano y los otros echaron a correr, con un trotecillo menudo, por el camino. Nosotros les seguimos, también corriendo. Primero que ninguno iba Bernardino.
Efectivamente: ellos tenían a “Chu”. Ya a la entrada del bosque vimos el humo de una fogata, y el corazón nos empezó a latir muy fuerte. Habían atado a “Chu” por las patas traseras y le habían arrollado una cuerda al cuello, con un nudo corredizo. Un escalofrío nos recorrió: ya sabíamos lo que hacían los de la aldea con los perros sarnosos y vagabundos. Bernardino se paró en seco, y “Chu” empezó a aullar, tristemente. Pero sus aullidos no llegaban a “Los Lúpulos”. Habían elegido un buen lugar.
-Ahí tienes a “Chu”, Bernardino -dijo Mariano-. Le vamos a dar de veras.
Bernardino seguía quieto, como de piedra. Mi hermano, entonces, avanzó hacia Mariano.
-¡Suelta al perro! -le dijo-. ¡Lo sueltas o...!
-Tú, quieto -dijo Mariano, con el junco levantado como un látigo-. A vosotros no os da vela nadie en esto... ¡Como digáis una palabra voy a contarle a vuestro abuelo lo del huerto de Manuel el Negro!
Mi hermano retrocedió, encarnado. También yo noté un gran sofoco, pero me mordí los labios. Mi hermano pequeño empezó a roerse las uñas.
-Si nos das algo que nos guste -dijo Mariano- te devolvemos a “Chu”.
-¿Qué queréis? -dijo Bernardino. Estaba plantado delante, con la cabeza levantada, como sin miedo. Le miramos extrañados. No había temor en su voz.
Mariano y Buque se miraron con malicia.
-Dineros -dijo Buque.
Bernardino contestó:
- No tengo dinero.
Mariano cuchicheó con sus amigos, y se volvió a él:
-Bueno, pos cosa que lo valga...
Bernardino estuvo un momento pensativo. Luego se desabrochó la blusa y se desprendió la medalla de oro. Se la dio.
De momento, Mariano y los otros se quedaron como sorprendidos. Le quitaron la medalla y la examinaron.
-¡Esto no! -dijo Mariano-. Luego nos la encuentran y... ¡Eres tú un mal bicho! ¿Sabes? ¡Un mal bicho!
De pronto, les vimos furiosos. Sí; se pusieron furiosos y seguían cuchicheando. Yo veía la vena que se le hinchaba en la frente a Mariano Alborada, como cuando su padre le apaleaba por algo.
-No queremos tus dineros -dijo Mariano-. Guárdate tu dinero y todo lo tuyo... ¡Ni eres hombre ni... ná!
Bernardino seguía quieto. Mariano le tiró la medalla a la cara. Le miraba con ojos fijos y brillantes, llenos de cólera. Al fin, dijo:
-Si te dejas dar de veras tú, en vez del chucho...
Todos miramos a Bernardino, asustados.
-No... -dijo mi hermano.
Pero Mariano gritó:
-¡Vosotros a callar, o lo vais a sentir...! ¡Qué os va en esto? ¿Qué os va...?
Fuimos cobardes y nos apiñamos los tres juntos a un roble. Sentí un sudor frío en las palmas de las manos. Pero Bernardino no cambió de cara. (“Ese pez...”, que decía mi hermano). Contestó:
-Está bien. Dadme de veras.
Mariano le miró de reojo, y por un momento nos pareció asustado. Pero en seguida dijo:
-¡Hala, Buque...!
Se le tiraron encima y le quitaron la blusa. La carne de Bernardino era pálida, amarillenta, y se le marcaban mucho las costillas. Se dejó hacer, quieto y flemático. Buque le sujetó las manos a la espalda, y Mariano dijo:
-Empieza tú, Gracianín...
Gracianín tiró el junco al suelo y echó a correr, lo que enfureció más a Mariano. Rabioso, levantó el junco y dio de veras a Bernardino, hasta que se cansó.
A cada golpe mis hermanos y yo sentimos una vergüenza mayor. Oíamos los aullidos de “Chu” y veíamos sus ojos, redondos como ciruelas, llenos de un fuego dulce y dolorido que nos hacía mucho daño. Bernardino, en cambio, cosa extraña, parecía no sentir el menor dolor. Seguía quieto, zarandeado solamente por los golpes, con su media sonrisa fija y bien educada en la cara. También sus ojos seguían impávidos, indiferentes. (“Ese pez”, “Ese pavo”, sonaba en mis oídos).
Cuando brotó la primera gota de sangre Mariano se quedó con el mimbre levantado. Luego vimos que se ponía muy pálido. Buque soltó las manos de Bernardino, que no le ofrecía ninguna resistencia, y se lanzó cuesta abajo, como un rayo.
Mariano miró de frente a Bernardino.
-Puerco -le dijo-. Puerco.
Tiró el junco con rabia y se alejó, más aprisa de lo que hubiera deseado.
Bernardino se acercó a “Chu”. A pesar de las marcas del junco, que se inflamaban en su espalda, sus brazos y su pecho, parecía inmune, tranquilo, y altivo, como siempre. Lentamente desató a “Chu”, que se lanzó a lamerle la cara, con aullidos que partían el alma. Luego, Bernardino nos miró. No olvidaré nunca la transparencia hueca fija en sus ojos de color de miel. Se alejó despacio por el caminillo, seguido de los saltos y los aullidos entusiastas de “Chu”. Ni siquiera recogió su medalla. Se iba sosegado y tranquilo, como siempre.
Sólo cuando desapareció nos atrevimos a decir algo. Mi hermano recogió del suelo la medalla, que brillaba contra la tierra.
-Vamos a devolvérsela -dijo.
Y aunque deseábamos retardar el momento de verle de nuevo, volvimos a “Los Lúpulos”. Estábamos ya llegando al muro, cuando un ruido nos paró en seco. Mi hermano mayor avanzó hacia los mimbres verdes del río. Le seguimos, procurando no hacer ruido.
Echado boca abajo, medio oculto entre los mimbres, Bernardino lloraba desesperadamente, abrazado a su perro.
FIN

viernes, 29 de mayo de 2015

"Descenso a los infiernos de la imaginación" de Marco Denevi



Disfruto los relatos donde ficción  y realidad se mezclan, donde el autor juega a confundir lo imaginado con lo vivido, en los que la historia y los personajes sufren por la vida real del lector.
Marco Denevi escribió en 1979 uno de los cuentos que personalmente más me han hecho disfrutar: "Descenso a los infiernos de la imaginación".






En el se relata, a través de un jefe que le pide a un redactor para su revista un cuento, el proceso de creación de una historia a partir de una anécdota real y aparentemente insignificante. Sin embargo, cuando vamos avanzando en el relato que cuenta el director, vamos percibiendo que pudo ser algo más que insignificante. El que va a ser el escritor, no habla, se supone que asiste impávido al  relato de su propia vida que se va a publicar en forma de cuento, y solo escuchamos al director que va deshaciendo la madeja de lo vivido para concluir que puedo ser mucho más de lo que todo el mundo se imagina.
Siento ser tan misterioso, pero prefiero que vayan descubriendo, al igual que nuestro protagonista oculto, el relato mientras el director nos lo cuenta.


"usted se comprometió a escribir un cuento, un cuento de amor, de diez carillas, y a entregarlo, listo para su publi­cación en Quimeras, el lunes próximo. Hoy es el viernes anterior a ese lunes y usted, del cuento, todavía no ha escrito una línea. No se le ocurre nada, ningún argumento, ni siquiera un personaje suelto. Está desesperado, con la mente en blanco.

Oiga. ¿Por qué no se decide, por fin, a convertir en un cuento aquel episodio, sí, aquello que les sucedió, a usted y a Verena, en Bélgica, arriba del tren que los llevaba a Bru­selas? No sé por qué usted siempre se negó a aprovecharlo. De acuerdo, el episodio por sí mismo no vale gran cosa, es apenas una anécdota de esas que uno saca a relucir, de regreso, delante de los amigos, junto con las fotografías y los ceniceros que se robó en los hoteles. Pero ¿para qué está la imaginación?" Seguir leyendo

martes, 5 de mayo de 2015

"El asedio" de Pérez Reverte.

Acabo de leer una extensa novela de Reverte que me ha encantado, "El asedio". Cayó en mis manos sin querer, como cuando atrapa el pequeño del recreo el balón de rugby, la interesante historia sobre la Cádiz  de 1810.

Sabíamos de Arturo Pérez Reverte su capacidad para inocular la curiosidad de la Historia a través de unas novelas entretenidas, de ritmo adecuado a lo que narra y personajes literarios (protagonistas que parecen fuera de lugar temporal y espacial, cargados de miserias y autenticidad) poderosos; véase toda la serie de "El capitán Alatriste", por otro lado, pobrementes adaptadas al cine. Lo dicho es en absoluto una reflexión crítica, sino una costatación del correcto arte de la escritura del novelista murciano.

Además, habría que añadir que en "El asedio", Reverte sube un escalón  y añade a las virtudes antes expuestas un mayor dominio del ritmo y un enredado de tramas, confundiendo entre principales y secundarias, perfectamente resueltas que nos otorgan una riqueza de matices, diálogos y detalles a la trama, haciéndola, a pesar de sus más de 700 páginas, sumamente apetecible y fácil de leer.

"El asedio" narra los dos años y medio de asedio francés a la ciudad de Cádiz, a través de cuatro interesantes y literarios protagonistas y de sus vicisitudes para sobrevivir a un mundo caduco que cambia rápidamente: fin del imperio español, la guerra, la nueva constitución liberal de 1812, las nuevas situaciones que se impondrán tras las derrotas francesas. Una realidad trágica y cambiante pero que se impone irremediablemente, y a la que deben sobrevivir con la continua amenaza de las bombas, de una cruel y por momentos absurda guerra y a un sádico asesino, los protagonistas.


miércoles, 8 de abril de 2015

Virgilio Piñeira, entre Kafka y Monterroso.

Ahí es nada, como diría un castizo. Virgilio tiene algo de dos genios de las letras, más de Kafka, del que seguro inspiró, que de Monterroso que prácticamente fue coetáneo; aunque también un estilo propio y único.
Quien no conozca al escritor cubano se va a sorprender, sin duda. Primero, por su brevedad, en general la mayoría de sus relatos no se extienden más de una o dos caras; segundo, por su diversa y angustiosa temática, desde cuentos de terror hasta historias de amor pasando por inquietantes relatos como "El album"; y tercero, por su fina ironía y respeto a unos curiosos personajes, que nos hace sonreír en más de una ocasión como en "El balcón"

"Sucedió con gran sencillez, sin afectación. Por motivos que no son del caso exponer, la población sufría de falta de carne. (...)
Con gran tranquilidad se puso a afilar un enorme cuchillo de cocina y, acto seguido, bajándose los pantalones hasta las rodillas, cortó de su nalga izquierda un hermoso filete"


El olvidado escritor cubano es un artista de la palabra conjugando síntesis y belleza para dotar a su prosa de un ritmo y armonía propia. Pero, además, es capaz de arrastrarnos casi sin querer hacia mundos extraños pero cercanos, a situaciones asombrosas pero familiares, creando una atmósfera que, si bien no es tan angustiosa como las de Kafka, sí que beben de su naturaleza absurda e inquietante, mas dotadas de una fina ironía. Y nos sumerge en ese mundo con una prosa precisa, breve y juguetona, al igual que Augusto Monterroso, presentando con unos breves rasgos una turbada realidad que percibimos cambiante y que, habitualmente, nos sorprenden con un giro de tuerca, haciendo más increíble su historia de lo presumíamos tras las primeras líneas.
Mi sensación al leer a Virgilio Piñeira es como cuando ves a algún gran mago o acróbata, que esperas el más difícil todavía o el truco más increíble, y normalmente se cumplen.
Por nombrar algunos más de los numerosos y magníficos relatos que escribió Virgilio: "La caída", "La montaña" o "El gran Baro" y, por supuesto, el siguiente fulgor recomendado.


NATACIÓN

He aprendido a nadar en seco. Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay el temor a hundirse pues uno ya está en el fondo, y por la misma razón se está ahogado de antemano. También se evita que tengan que pescarnos a la luz de un farol o en la claridad deslumbrante de un hermoso día. Por último, la ausencia de agua evitará que nos hinchemos.

No voy a negar que nadar en seco tiene algo de agónico. A primera vista se pensaría en los estertores de la muerte. Sin embargo, eso tiene de distinto con ella: que al par que se agoniza uno está bien vivo, bien alerta, escuchando la música que entra por la ventana y mirando el gusano que se arrastra por el suelo.
Al principio mis amigos censuraron esta decisión. Se hurtaban a mis miradas y sollozaban en los rincones. Felizmente, ya pasó la crisis. Ahora saben que me siento cómodo nadando en seco. De vez en cuando hundo mis manos en las losas de mármol y les entrego un pececillo que atrapo en las profundidades submarinas.

Virgilio Piñera (Cuba, 1912-1979)

lunes, 23 de marzo de 2015

Baroja, el olvidado escritor total

Es incomprensible como este autor apenas tiene repercusión en nuestra sociedad, más allá de alguna forzada efeméride. Tal vez por ser políticamente incorrecto en cuanto a nacionalismos se refiere o tal vez por su etiqueta de misógino, el hecho es que nuestros estudiantes cada vez saben menos de su obra y a los adultos se nos va olvidando su lectura.

En cambio, nadie puede dudar del talento literario de Pío Baroja. "La Busca", el primero de los libros de la magnífica trilogía "La lucha por la vida" es uno de los imprescindibles de la literatura española y una de las obras culmen del escritor vasco, pero también "El árbol de la ciencia", "Las aventuras de Santi Andía" o "La casa de Aizgorri", cada una en un subgénero narrativo muy diferente, son obras de lectura obligada para las personas ávidas de exquisiteces literarias. Los tonos son muy distintos, su ubicación histórica y geográfica, también, sus temáticas difieren opuestamente, pero en cambio existe un estilo propio narrativo que demuestran la calidad de Baroja.

Es más, mi última lectura del escritor vasco "Paradox, Rey", es un registro totalmente nuevo para mí. Escrita en 1906, la podemos definir como Vanguardista, anticipando mediante un humor absurdo las rupturas en el arte que se fueron produciendo en los inicios del siglo XX. Además, aunque encasillada como novela, el estilo teatralizado, y el uso de los diálogos marcan la acción y tiene más de lenguaje teatral que de novela propiamente.
Un viaje cargado de sinsentido, con unos personajes llenos de matices y contradicciones; algunos cargados de ingenio e ironía, otros de un pragmatismo maquiavélico; situaciones extremas con respuestas sorprendentes y diálogos, grandes e ingeniosos diálogos, marcan esta novela sorprendente. Sin duda un Baroja distinto al acostumbrado, pero sorprendente y genial como siempre.

"El hombre hace una referencia, se encasqueta el sombrero, se retira cojeando y se queda apoyado en la pared.

PARADOX.- ¿Quién es este hombre tan fatídico?

WOLF.- Es un aventurero que quiere que se le lleve al Cananí. He estado en varias guerras y en cada una ha perdido algún miembro.
PARADOX.- ¿Y qué va a hacer usted con él?
WOLF.- No sé. Es tuerto, cojo, manco, tiene dos cicatrices en la cara, una en la frente y dieciséis heridas en el cuerpo, y todavía dice que no hay nada como la guerra.
PARADOX.- Será humorista.
WOLF.- No es un hombre que tiene vocación para el heroísmo.
PARADOX.- Para el heroísmo...y para la ortopedia.
WOLF.- ¿Qué quiere  usted, señor Paradox? Yo creo que todas las locuras son respetables.
PARADOX.- Y yo también ¿Y cómo se llama este hombre fragmentario?
WOLF.- Hardibrás.
PARADOX.- Es un buen nombre de perro de aguas.
WOLF.- Pues ya ve usted, es un héroe."

                                                                                                              "Paradox, Rey"

viernes, 13 de marzo de 2015

"No te rindas", Mario Benedetti.

No te rindas, aun estas a tiempo
de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras, enterrar tus miedos,
liberar el lastre, retomar el vuelo.
 
No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros y destapar el cielo.
 
No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se esconda y se calle el viento,
aun hay fuego en tu alma,
aun hay vida en tus sueños,
porque la vida es tuya y tuyo también el deseo,
porque lo has querido y porque te quiero.
 
Porque existe el vino y el amor, es cierto,
porque no hay heridas que no cure el tiempo,
abrir las puertas quitar los cerrojos,
abandonar las murallas que te protegieron.
 
Vivir la vida y aceptar el reto,
recuperar la risa, ensayar el canto,
bajar la guardia y extender las manos,
desplegar las alas e intentar de nuevo,
celebrar la vida y retomar los cielos,
 
No te rindas por favor no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se ponga y se calle el viento,
aun hay fuego en tu alma,
aun hay vida en tus sueños,
porque cada día es un comienzo,
porque esta es la hora y el mejor momento,
porque no estas sola,
porque yo te quiero.

lunes, 16 de febrero de 2015

Rafael Chirbes frente Natalia SanMartín.

Tal vez, dos de los últimos fenómenos literarios españoles, (perdóneme Luis Landero, del que ya hemos hablado en este blog) por diferente razones, sean "El despertar de la señorita Prim", de Natalia SanMartín Fenorella y "En la orilla", de Rafael Chirbes.

Si el primero ha sido un éxito absoluto de lectores, desconozco si de crítica: sus derechos  han sido adquiridos en varios países y se rumorea una posible adaptación cinematográfica, el segundo, "En la orilla", de Rafael Chirbes, ha sido un éxito de crítica, menos de público, y para muchos la mejor novela del 2014 en lengua española.

Ambas novelas han convivido en mi imaginario por tres semanas, enfrentándose, sin querer, la una con la otra. Ha sido mera casualidad, pero no por ello una experiencia menor. De hecho, me ha gustado la vivencia lectora, siendo una buena manera de contraponer historias, ritmos y tonos narrativos tan diferentes.
 Si la señorita Prim es una historia inocentemente optimista, en la que se enaltece valores de otra época y con ritmos que nos retrotraen a una dichosa infancia; un pueblo ideal con todos sus valores humanos y la educación como sinónimo de cultura y de disfrute de los pequeños momentos, con historias de amor edulcoradas y personajes irregularmente perfectos hasta el hastío. "En la orilla", Chirbes nos sacude y abofetea sin piedad mostrándonos una realidad dolorosa, sin árnica posible, con metáforas dolorosas e incluso desagradables de una vida casi acabada, con una sociedad, al igual que el padre del protagonista, en estado vegetativo y una sensación de angustia, pobreza a todos los niveles, mostrándonos una cruda realidad de la sociedad española actual.

Aunque, por mi espíritu frágil y por el axioma heredado de Augusto Monterroso de que toda buena literatura retrata la vida y toda vida es triste, mi inclinación fue "En la orilla" (también por él éxito de crítica), mas, según avanzaba en su lectura, el hastío me fue inundando y la falta absoluta de luz en los monólogos interiores, me sobrepasaron hasta saciarme. No ha sido por falta de literatura, ni por falta de ritmo, a pesar de ser la narración un continuo sin apenas descanso, sino por la propia tristeza que emana cada palabra y por no ver ningún resquicio por el que ilusionarte por la vida. He acabado su lectura sin esfuerzo, su estructura literaria es magnífica, pero muy apesadumbrado.

Mientras la lectura de la Señorita Prim me cansó por sus tonos pasteles y deseaba acabar saciado  por el empalagoso dulzón, sin menospreciar su optimismo y entretenimiento, en la novela de Chirbes, que estuve muchos más metido en su lectura, deseaba salirme de ella para escapar de esa tristeza que inunda cada palabra y a uno mismo; y además, refrenda tus oscuros presentimientos sobre nuestra sociedad.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

"El regalo de los Reyes Magos",de O. Henry

La navidad es para todo el mundo, pero sólo unas almas auténticas captan su verdadero significado. Los protagonistas del cuento de O. Henry son unas de estas personas, y ante sus humildes hazañas sólo podemos emocionarnos.

FELIZ NAVIDAD.




jueves, 4 de diciembre de 2014

Kundera siempre Kundera

El escritor checo, desde hace unos años también francés, nunca defrauda. Es un seguro. Lo mismo da que escriba sobre "La inmortalidad", que sobre "La insoportable levedad del ser" (lo que hubiera dado por escribir tan sólo el título de esta maravillosa novela) o sobre "Los amores ridículos", libro del que vamos a tratar, todos sus textos rezuman calidad literaria por sus poros. Vocabulario preciso, imágenes hermosas, potentemente evocadoras y coherentes con el texto, ritmo adecuado, siempre, y una ironía que te hace percibir la realidad de manera diferente, literaria, hermosa y mísera.
A Kundera le gusta indagar sobre la naturaleza humana y lo hace desde diferentes visiones, temática y profundidad, pero siempre con maestría dejando al lector ese regusto amargo pero delicioso con el que la vida te obsequia.
"Los amores ridículos", es un libro que no conocía, una colección de siete relatos breves escritos en los finales años 60 en los que, poniendo la excusa del amor, ahonda en una temática muy Kunderiana podríamos decir. Las mentiras piadosas que llegan a ser enfermas; juegos de amor infantiles pero que se convierten en peligrosos para con el otro y uno mismo; en personajes confusos que confunden y que no son más que el deseo de lo que les gustaría ser porque ellos apenas son; o personas incompletas, carentes de amor, que llegan a ser ridículas y aborrecibles por sus conductas mas llegas a comprender y amar; las inseguridades propias de un hombre maduro que necesita el continuo sentimiento de gustar para sobrevivir.

Especialmente me ha gustado "El falso autoestop", relato donde los protagonistas sin quererlo comienzan a jugar a considerarse extraños para el otro pero que, sin poder huir de esos personajes creados y a la vez odiados, van dañándose hasta casi destruirse. Relato condensado, potente y trágico donde Kundera nos hace reflexionar sobre la fragilidad amorosa, y que os invito a leer.


Kundera siempre Kundera; Kundera nunca defrauda.

lunes, 1 de diciembre de 2014

"El regalo de los reyes"



Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.
Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.
Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.
Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young".
La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.
Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.
Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.
La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.
Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.
Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.
-¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.
-Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.
La áurea cascada cayó libremente.
-Veinte dólares -dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.
-Démelos inmediatamente -dijo Delia.
Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.
Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.
Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.
A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.
"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?."
A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.
Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".
La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.
Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.
Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.
-Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!
-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.
-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?
Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.
-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.
-No pierdas el tiempo buscándolo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.
Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.
Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.
-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.
Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.
Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.
Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:
-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!
Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:
-¡Oh, oh!
Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.
-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.
En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.
-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.
Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.
FIN